La frase: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” es conocida por ser pronunciada por Jesús durante su Crucifixión según el Nuevo Testamento (Mateo 2746).

Para ser hijo de Dios, y Dios mismo según la doctrina de la Santísima Trinidad, no es de recibo que esta misma frase aparezca ya en el Antiguo Testamento, exactamente en Salmos 222 :



“Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?

¿Por qué no escuchas mis gritos y me salvas?

Dios mío, de día clamo, y no contestas;

De noche, y no me haces caso.

Tú estás en el santuario, donde te alaba Israel.

En ti esperaban nuestros antepasados,

Esperaban y tú los librabas;

A ti clamaban, y quedaban libres,

En ti esperaban, y nunca quedaron defraudados”


Este texto pertenece a una serie de súplicas dirigidas a Dios, para auxilio y solución de las situaciones difíciles de la vida. Se transmitieron por vía oral desde los primero asentamientos judíos en Canaán, por el actual Israel, y plasmados en manuscritos 1000 años antes de Cristo.

Jesús, como buen acérrimo judío que era, es muy probable que conociera de aquellas poesías y cantares, hasta el punto de repetir tal cual uno de los versos en su Crucifixión, en el clímax de su vida. Puede que realmente lo dijera, o que los evangelistas, para conectar con la cultura judía y propagar el pensamiento cristiano, pusieran en boca de Jesús palabras que nunca dijera. De hecho, esta exclamación aparece en Mateo, autor que es sabido intentaba aunar en cierta manera Cristianismo con Judaísmo. Suponiendo que las dijera, simplemente repetía un salmo muy conocido en la época que resaltaba su afinidad judía, que reflejó hasta en el último minuto de su vida. No se le ocurrió una frase más original que repetir un milenario cántico judío.


¿Es propio de Dios una originalidad tan escasa?