Antes, Dios era inalcanzable, pero ahora gracias al libro del Levítico se ha convertido en alcanzable y podemos enterarnos todos de cómo hay que hacer para mantenerse en unión y alianza con Él. Todo se oficializó con unos sacerdotes y sus ayudantes, los levitas, que eran los jefes de Israel, practicaban el culto a Dios en el templo y estaban recién asentados después del Exilio, venidos desde Egipto.

Para ser santo y vivir en comunión con Dios se debe seguir muchas normas comunicadas directamente de Dios a Moisés. “Sed santos porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” aparece en numerosas ocasiones en este libro.

Así que ya sabéis, si queréis ser santos y estar a su nivel, deberéis seguir muchas directrices, entre las que se encuentra la siguiente maravilla:


No te acostarás con un hombre como se hace con una mujer; es algo horrible.”


En un primer momento, y suponiendo que se dirija a los hombres, nos parecerá por regla general una tarea bastante sencilla, siempre y cuando carezcamos de empatía. Pero se convierte en algo sumamente difícil si hacemos lo que Dios rechaza en este mandato; actos homosexuales.

Si queremos ser santos y entrar en comunión con Dios, no podremos nunca yacer, es decir, no podremos realizar acto sexual con ninguna otra persona del mismo sexo, pues a los ojos de Dios es claramente horrible. No nos puede quedar más claro. Ahora se entenderá mejor el porqué de la forma de actuar de la Iglesia, tan indolente y repulsiva con estas actitudes impuras, pues como sacerdotes protectores de la palabra de Dios, guiados por Espíritu Santo a través del Papa, es decir, Dios, tal y como hizo anteriormente a través de Moisés, no van a retractarse jamás de tal comportamiento. Rechazar que Dios es homófobo implicaría rechazar la veracidad del Antiguo Testamento, y aceptar que Dios cambia de opinión quedaría en evidencia una clara bipolaridad, antes de Cristo y después de Él, lo que nos llevaría a pensar en que Dios no sería omnisciente.

Recordemos que Jesús seguía a pies puntillas, tal y como el Rey David hacía, las directrices de Dios fijadas en los escritos de su época, el Antiguo Testamento. Podríamos deducir de aquí que en realidad no niega ni un ápice de lo que se ha expuesto, así que a la Iglesia no le queda otra que aferrarse a estas mismas normas.