Para los cristianos, “ateos fundamentalistas” son, entre otras cosas, aquéllos que preferirían dejar a otras personas sin el consuelo de la fe (especialmente a los viejos y los que están solos) y sin la compañía de un protector benigno e invisible en la noche oscura del alma, mientras que (según afirman) ignoran la apabullante belleza del arte inspirado por la fe. Sin embargo, el cristianismo en su forma moderna y sensiblera es una versión reciente y altamente modificada de lo que, durante la mayor parte de su historia, ha sido una ideología frecuentemente violenta y siempre opresiva; pensemos en las Cruzadas, la tortura, las hogueras, la sujeción de las mujeres a los embarazos y partos repetidos y a maridos de los que no podían divorciarse, la distorsión de la sexualidad humana, el uso del miedo (a los tormentos del infierno) como instrumento de control, los espantosos resultados de la calumnia contra el judaísmo. Hoy en día, por contraste, el cristianismo se especializa en música suave para crear ambiente; sus amenazas de infierno, sus exigencias de pobreza y castidad, su doctrina de que sólo unos pocos se salvarán y muchos se condenarán, han sido descartadas, reemplazadas por rasgueos de guitarra y dulces sonrisas. Se ha reinventado a sí mismo tantas veces y con tan asombrosa hipocresía, buscando mantener su control sobre los crédulos, que un monje medieval que despertara hoy, como El Dormilón de Woody Allen, sería incapaz de reconocer la fe que lleva el mismo nombre que la suya.

Traducción por Pablo, de Alerta Religión.