Escuchando entrevistas deportivas, uno fácilmente podría considerar la posibilidad de que los atletas reciben un porcentaje del diezmo como pago por servicios publicitarios. Momentos como el de Ray Lewis alabando a dios por darle la victoria en el Super Bowl, ver a Albert Pujols persignarse y apuntar al cielo al anotar un cuadrangular y las infames playeras de la virgen debajo de los uniformes del fútbol mexicano, son tan comunes que es difícil ver a alguien preguntándose su razón de ser.

Entonces, ¿por qué los atletas son tan devotos?

En mi experiencia como beisbolista profesional he pasado mucho (quizás demasiado) tiempo tratando de encontrar una respuesta para esto. Para ello, he tenido muchas conversaciones acerca del tema con varios de mis compañeros, aunque más importante aún: he tenido la oportunidad de observar y analizar su conducta (y, por supuesto, la mía) con respecto a las reacciones que nos produce el juego. Este escrito es un intento de explicar mis conclusiones al respecto.

Si bien la mayoría de los peloteros se confiesan creyentes, distan como grupo de ser devotos en su vida cotidiana. Yo, por mi parte, me considero una persona escéptica y objetiva, sin embargo, a la hora de ponernos un uniforme y salir al terreno de juego, las plegarias, supersticiones, y la recurrencia a un comportamiento compulsivo por parte de todos nosotros, aumentan exponencialmente. Pensándolo desde otra perspectiva, nuestro comportamiento no debe de ser muy diferente al de algunos cazadores prehistóricos antes de salir a buscar una presa. Entonces, como ahora, la incertidumbre y el peligro son grandes disparadores del pensamiento supersticioso, y por extensión, religioso y, en mi opinión, son las razones principales por las que se habla de dios como un fanático arduo e influyente en nuestros pequeños juegos. Ellas son también la razón por la que, incluso considerándome alguien totalmente pragmático, no puedo evitar caer en rituales obsesivos e irracionales al momento de prepararme para jugar.

En estos años, mis compañeros y yo hemos lanzado y atrapado cientos de pelotas, practicado jugadas decenas de veces, hemos corrido y trabajado en el gimnasio durante horas. Todo esto sólo en un día de trabajo. Y lo repetimos al menos 6 veces a la semana, todo el año. Todos y cada uno de nosotros sabemos que el trabajo duro es la única clave para ser mejor, para mantenernos en el tope de nuestras habilidades y, por ende, de nuestra profesión.

Sin embargo, también he escuchado a mis compañeros decir el “padre nuestro”, y yo me he puesto el uniforme de una manera específica, todos los días antes de entrar al campo. Ambas conductas son totalmente irrelevantes a nuestro rendimiento, pero apropiadas de cierta manera para ayudarnos a lidiar con la incertidumbre y el peligro inherentes a nuestro trabajo. Cada noche, el juego puede ser decidido por el bote caprichoso de una pelota o por las centésimas de segundo de diferencia entre un lanzamiento que produce un elevado para el tercer "out" y otro donde la pelota cae de "hit" para que se anote la carrera de la victoria. Y cada jugada en la que participamos, las pelotas viajando a 100 millas por hora, los hombres de 90 kilos corriendo rápidamente y muy cerca unos de los otros, nos recuerdan que lo que hacemos es bastante peligroso.

A un plazo un poco más largo, todos hemos sido testigos de jugadores que, al parecer de la nada, pasan a convertirse en héroes y estrellas. Asimismo, todos recordamos jugadores que en un momento cualquiera perdieron sus habilidades, por alguna lesión, por el paso de los años, o por alguna razón menos clara, y pasaron al olvido. La incertidumbre de no saber exactamente en que momento de nuestro ciclo deportivo estamos, si pronto nos espera el mejor juego de nuestra vida o si esta noche sufriremos de una catástrofe que acabe con nuestra carrera, nos lleva a buscar certidumbres en rituales como la religión o, como yo, a entrar al campo por años con el mismo boxer de la suerte.


Nota del editor: Jorge Dryjanski es un joven beisbolista mexicano que participa activamente, en el poco tiempo libre que le queda, a la difusión del pensamiento crítico. Es parte del equipo de colaboradores hispanohablantes de la Fundación Richard Dawkins para la Razón y la Ciencia.