El entendimiento científico puede ser una empresa edificante pero también perturbadora. Cuanto más sabemos sobre la naturaleza del universo, vacilamos entre la angustia y la confusión por una parte, y entre el asombro y el deleite por el otro, al tratar de concordar la realidad con nuestros pensamientos.


El progreso científico ha significado severas lecciones de modestia para los Homo sapiens. La revolución copernicana nos sacudió de nuestra privilegiada posición en el centro del universo, mientras que el mecanismo darwiniano de evolución colocó nuestros orígenes biológicos con el resto de las especies en el planeta.


En relación con lo anterior, el laureado Nobel australiano Sir John Eccles afirmó que: «La ciencia ha ido demasiado lejos en romper la creencia del hombre sobre su grandeza espiritual y le ha dado la idea que él no es más que un animal insignificante que ha surgido por casualidad y necesidad en un planeta insignificante perdido en la inmensidad cósmica». Y ¡esto lo dijo como si fuera algo malo!


Apuntando hacia una diminuta región del espacio (tan pequeña, que se necesitarían más de 30 millones de parches para cubrir el cielo), el telescopio espacial Hubble reveló un universo rebosante de galaxias. Los astrónomos han contado más de 5,500 de ellas en la imagen, llamada eXtreme Deep Field (XDF). Si presumimos que el XDF es una región típica del espacio exterior, podemos extrapolar este número y calcular que existen más de 150 mil millones de galaxias en el universo visible. / Crédito: NASA


Así, el más reciente recordatorio de humildad ha venido manifestado en forma de la astronomía moderna. Hasta hace poco menos de un siglo, nuestra visión del universo consistía de una sola galaxia, la Vía Láctea, rodeada de un eterno y estático vacío. Pero ahora sabemos que existen probablemente más de 150 mil millones de galaxias en el universo observable.


Y este descubrimiento sobre nuestra marginalidad cósmica no es más que la proverbial punta del iceberg: por razones que veremos, quizá la observación más significativa de las últimas décadas es el hecho que la mayor parte de la energía en el universo no se encuentra dentro de las galaxias sino fuera de ellas, en el espacio vacío.


Uno de los primeros físicos en anticipar esta noción fue Lawrence Krauss, quien ha explicado su significancia así: por razones que se desconocen, el espacio contiene un tipo de energía que es gravitacionalmente repulsiva, la cual empuja las galaxias distantes mediante la expansión del espacio —y esta expansión ha comenzado a acelerar. Esto quiere decir que, dentro de un plazo considerable (alrededor de dos billones de años[1]) todas aquellas galaxias que se encuentren más allá de nuestro vecindario local se alejarán más rápido que la luz[2] y, eventualmente, se volverán inobservables.


Dicho de otra forma: cuanto más esperemos, menos del universo podremos ver. Esto representa la revolución copernicana final: no solo nuestra existencia es insignificante desde la perspectiva cósmica sino que, además, nuestra prognosis como seres conscientes es sombría.


Naturalmente, este panorama del universo puede resultar deprimente, incluso ultrajante —evocando una suerte de «ansiedad cósmica» a la luz de nuestra vulnerabilidad y creciente incertidumbre frente al universo en expansión.


Es curioso cómo se manifiestan nuestras ansiedades cósmicas. Hay una broma popular en la astronomía que lo ilustra bien: en una ocasión, un cosmólogo hablaba sobre el inminente choque entre nuestra galaxia, la Vía Láctea, y la galaxia de Andrómeda. Hubo un momento cuando alguien se levantó entre el público y le preguntó: «¿Ha dicho usted que Andrómeda va a chocar con nuestra galaxia en cinco mil millones de años o en cinco millones?», a lo que el cosmólogo respondió: «Cinco mil millones». El hombre entonces dijo: «Eso es un gran alivio. ¡Por un momento creí que había dicho cinco millones!».


No hay garantías que nuestras revisiones serán consoladoras. Enfrentarse a la realidad es difícil y las verdades que obtendremos a menudo serán amargas. Sin embargo, el premio a una vida examinada no es la felicidad sino la integridad y la honestidad intelectual; esta es la cualidad formadora de carácter a la que aludía Carl Sagan al hablar de la disciplina de la astronomía.


Una de las frases más célebres de Sagan es que «somos polvo de estrellas». Su máxima es esencialmente notable por su romanticismo, si bien la intención real de la frase es su interpretación literal[3]. Pero un análisis igualmente válido, según el difunto Christopher Hitchens, es que «somos desecho nuclear[4]». Necesitamos el carácter de las personas como Sagan para apreciar lo sublime, pero también necesitamos el coraje y la ironía de Hitchens para afrontar nuestras ansiedades cósmicas y hacer nuestro propio significado en el universo.


Notas:

1. Krauss, Lawrence M., y Glenn D. Starkman. «Life, the universe, and nothing: Life and death in an ever-expanding universe.» The Astrophysical Journal 531.1 (2000): 22.
2. Esto es permitido dentro del contexto de la relatividad general, pues el espacio mismo es el que se está expandiendo.
3. Cada átomo de nuestros cuerpos proviene de una estrella que explotó.
4. Las estrellas brillan debido al exceso de energía que se produce a partir de sus procesos físicos.

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Mariana E. Noether es articulista y corresponsal para la Fundación Richard Dawkins para la Razón y la Ciencia.