Con todo su poder, riqueza y «autoridad moral», la Iglesia católica podría fácilmente mejorar la vida de miles de millones de las almas que posee con una sola acción: ratificar el uso de los anticonceptivos. En cambio, elige predicar una pervertida doctrina diseñada para explotar a los débiles e ignorantes.


En África, un continente devastado por la pandemia del sida, y donde el número de católicos se ha triplicado desde finales de los años 70, el papa Juan Pablo II propagó la mentira que los condones aumentan la incidencia de esta. Años después, el papa Benedicto XVI reiteró este disparate, declarando que la distribución de preservativos «agrava el problema [del sida]», teniendo incluso la desfachatez de decir que había orado por todos aquellos cuyas vidas han sido destrozadas por lo que llamó una «cruel epidemia». Y en los meses previos a su visita a Brasil, el país con la mayor población católica del mundo, los funcionarios del gobierno fueron atacados por la jerarquía católica del país por su apoyo a la educación sexual integral y un exitoso programa de prevención del sida (por medio del cual se distribuyen condones gratuitos). El cardenal Majella, presidente de la Conferencia Episcopal Nacional, condenó: «No podemos estar de acuerdo con los condones porque convierten la vida en una vida sin responsabilidad». Pero ¿quién se hará responsable por la muerte de nuestros hermanos brasileños?


Crédito: The Philadelphy Inquirer (traducción)


Los anticonceptivos son más que una medida para controlar las infecciones de transmisión sexual. Ellos presentan la solución a muchos de los problemas globales que enfrentamos actualmente —como el cambio climático, la pobreza y las guerras civiles— al promover el bienestar de la familia, la salud de la mujer y la prevención del aborto.


Pero a pesar que la falta de acceso a métodos de planeación familiar y abortos seguros lleva a la muerte de mujeres y niños no nacidos (según estimaciones de la ONU, la anticoncepción actualmente evita unos 100 millones de abortos al año), la Iglesia todavía tiene el descaro de llamarse a sí misma «pro-vida» . En Kenia, Ratzinger se manifestó en contra de las agencias que ofrecen abortos seguros, mientras que en latinoamérica, el compromiso de los miembros del Opus Dei para restringir los derechos sexuales y reproductivos sigue siendo visible.


Todavía en el año 2011, hablando ante la Asamblea General de la ONU, el padre Philip Bené afirmó que «La Santa Sede no apoya la anticoncepción o el uso de condones, ya sea como medio de planificación familiar o en los programas de prevención del VIH/sida».

 

Papa Francisco: 1er papa latino, 1er papa jesuita, 1er papa «Francisco»... ducentésimo sexagésimo sexto papa conservador. / Crédito: Rob Rogers


La Iglesia ama pregonar sobre humildad y justicia, a la vez que con sus actos refuerza la jerarquía y el privilegio. Obstaculiza las posibilidades de desarrollo de miles de personas viviendo en enfermedad y carencia. Les da falsas esperanzas y les dicta explicaciones ficticias para su situación. 


Así, hace unos días, el nuevo papa explicó por qué adoptó el nombre de San Francisco de Asís, el santo de la pobreza y de la paz, exclamando: «¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!»[1]. ¡Vaya descaro! ¿Qué no han tenido suficiente, los pobres?


Antes de pedir una Iglesia para los pobres, el nuevo papa debería mostrar vergüenza y pedir perdón por lo que esta les ha hecho.


Antes que comenzara el papado de Juan Pablo II, el esparcimiento del sida aún no se había desatado, y cuando lo hizo, el papa continuó promoviendo la enseñanza de la Iglesia contra el condón. Juan Pablo II es recordado por haber hecho algo sin precedentes dentro de la Iglesia católica: pedir disculpas por los pecados cometidos en el nombre de ella, a través de los siglos. Pero jamás pidió perdón por sus crímenes en África.


El nuevo papa supuestamente tiene simpatía por los enfermos. Una vez lavó los pies de 12 pacientes con sida, presumiblemente imitando a Jesús cuando lavó los pies de sus discípulos[2]. Les lavó los pies, y nada más. Una mejor manera de demostrar su interés por ellos sería la acusación del papa Juan Pablo II por sus crímenes contra la humanidad.


A menos que Bergoglio esté dispuesto a rectificar las draconianas políticas a las que la Iglesia se aferra aún en el siglo XXI, las cuales no han hecho más que exacerbar los problemas a los que se enfrenta el tercer mundo (tales como la pobreza, la sobrepoblación y la enfermedad), toda esta plática sobre la «Iglesia para los pobres» debe ser anulada como nada más que una retórica hueca. Y las indicaciones que tenemos hasta el momento no son alentadoras.


Según The National Catholic Reporter, «Bergoglio es visto como inquebrantable ortodoxo en cuestiones de moral sexual, firmemente opuesto al aborto, el matrimonio homosexual y la anticoncepción». Por su parte, The Guardian ha advertido que, si bien en cuestiones de sexo y moral el papa Francisco es sólidamente ortodoxo y rígidamente conservador, podría tener una visión más pragmática con respecto al uso del condón en los casos en que su uso pueda prevenir el contagio del VIH y otras enfermedades. El padre Augusto Zampini, un sacerdote argentino estudiante en la Universidad de Roehampton en Londres, ha dicho: «Él no es un liberal. Él es un obispo católico, y que aprecia mucho su concepción de la familia». Por ahora, solo podemos especular, aunque, notablemente, sus comentarios sobre estas cuestiones no pueden ser establecidas con tanta facilidad como, por ejemplo, sus declaraciones sobre los matrimonios gay.


Anteriormente, Bergoglio ha predicado a favor del concepto de justicia social dentro del catolicismo latinoamericano. En 2007, durante una reunión de obispos latinoamericanos, lamentó: «Vivimos en la zona con mayor desigualdad del mundo. La que más ha crecido y sin embargo, la que menos ha reducido la miseria». Por su parte, ha rechazado la «teología de la liberación» por estar demasiado lejos de la misión espiritual de la Iglesia (los teólogos de la liberación toman el Sermón de la Montaña literalmente en su rechazo de la jerarquía social, mientras que los conservadores argumentan que este texto trata sobre el Reino de los Cielos y no sobre este mundo).


Y es que la misión de la Iglesia jamás ha sido la de ayudar a los pobres. Después de todo, «¿No escogió Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe?»[3]. Si Dios realmente ama al mundo, ¡vaya que tiene una manera terriblemente evasiva de demostrarlo! ¿Qué tipo de sádico hace que los más vulnerables estén mejor sintonizados para vislumbrar la verdad de su existencia? Pero quizá sea el precio que la Iglesia pide por su pase al cielo.


Christopher Hitchens expuso esta perversión cuando contó la historia del cardenal Emmanuel Wamala, arzobispo de Kampala, Uganda, en su libro «Dios no es bueno». Ahí, relató cómo una mujer católica, casada con un hombre que había contraído el virus del VIH, no usaría condones con su marido, pues sería condicional a que ella pudiera ir al cielo. El arzobispo, una «autoridad moral» en tales asuntos religiosos, reiteró que ella había tomado la decisión correcta, aunque le costara la vida —sugiriendo además que es así como se forman los mártires. Cuando fue confrontado sobre esta cruel doctrina, el arzobispo respondió: «Pues bien, la enseñanza de Cristo nunca ha sido fácil, ¿no es así?». Hacer una declaración así ya es funesto. Pero facilitar el mensaje para las personas azotadas de miseria es, francamente, vil.


Bergoglio desea una Iglesia para los pobres. Pero, si al igual que sus predecesores, toma una línea conservadora en materias de política social, podemos concluir que lo que realmente desea es una Iglesia para los mártires.


Notas:

1. Excepto por la parte sobre la «Iglesia Pobre». ¡Esto me encantaría!
2. Juan 13, 1-17
3. 1 Corintios, 1:27


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Mariana Garza A. es articulista y corresponsal para la Fundación Richard Dawkins para la Razón y la Ciencia (http://es.richarddawkins.net/).