La entonces recién creada Asociación de Ateos y Agnósticos de Bogotá (AAAB) hizo presencia pacífica en el concierto, reclamando que no se pueden destinar recursos públicos a promover creencias religiosas privadas. En medio de las letras homofóbicas fuimos recibidos con amor cristiano en su más pura esencia: patadas, puños, insultos, provocaciones, destrucción de nuestra propiedad y actos circenses que violentaban nuestro espacio personal.