Pero cualquiera en poder de una fórmula para detener el paso inexorable de los años merece reclamar sumas aún mayores. El problema es cobrar cuando el mismo inventor de ese elixir de la eterna juventud luce viejo y canoso. Al parecer, ni la meditación trascendental ni la herbolaria ayurvédica le fueron provechosas al otrora vigoroso autor de “Cuerpos sin edad, mentes sin tiempo”.