Humberto Mella plantó un día su hogar allá donde se tocan la espuma de mar y el desierto más árido del mundo, el de Atacama (Chile). Este pescador y sus vecinos, habitantes de una comunidad sin luz ni agua corriente, aprenderán ahora de la mano de investigadores universitarios de Galicia a tratar las algas que recogen en el Pacífico para cobrar por ellas y darle impulso a esa aldea que fundaron en tierra de nadie hace treinta años. Lo harán a más de 10.000 kilómetros de donde vive Charo Figueiras, mariscadora de O Couto (Ponteceso-A Coruña). Ella también alberga esperanzas de que la explotación de las algas que pisa cuando recoge berberecho sirva para revivir su pueblo, un paraje de A Costa da Morte abrazado por el paradisíaco estuario del río Anllóns pero habitado por una población envejecida y menguante. El futuro de Humberto y Charo, en Chile y en Galicia, está en manos de un grupo de investigadores de la Universidad de Santiago de Compostela especializado en resucitar aldeas por el mundo adelante. Dirigidos por la física Ángeles López Agüera, entre sus 13 miembros hay ingenieros, economistas, arquitectos y hasta un politólogo. Desde hace cinco años y bajo la supervisión de la Unesco, estos científicos funden sus conocimientos para transformar pequeñas comunidades vecinales de América Latina y África que no tenían ni los más básicos servicios en poblaciones “autosuficientes” —económica y energéticamente—, sostenibles y adaptadas al siglo XXI.