Año 2015. La pregunta sobre la existencia o la inexistencia de dios todavía no tiene respuesta concreta. Dios, pese a quien le pese, es una idea tan sólida, tan bien incrustada en la sociedad que ni la ciencia ha logrado quebrarla. Dios se dobla, cambia de forma, se agranda, se achica, muere y resucita, pero nunca desaparece.

Muere sin desaparecer.

Desde tiempos inmemoriales dios marca el pulso de la sociedad, se mantiene intacto en sus valores y empuja mercados y crea mundos y si es necesario se queda bien quietito sin siquiera parpadear. No sabemos si es su voluntad. A decir verdad no sabemos casi nada de dios. Todo es una suposición, una sugerencia que en algunos casos, en los extremos, cumple el rol de verdad indiscutible.

Hay dioses milenarios y dioses nuevos, flamantes, más livianos y actualizados. Dios está ahí. Viene en todos los talles y en todos los modelos. Es protagonista de las mejores historias que pudo contar el ser humano. Es el más absoluto: el fin de toda pregunta, la contradicción más espectacular. Es, todavía en el siglo XXI, el mayor interrogante de todos los tiempos.