Echando mano de la razón, desde hace muchos siglos algunos hombres inquietos intelectualmente se han dado a la tarea de develar los misterios que los han preocupado. Así se originó la filosofía, es decir el amor a la sabiduría, y tras ella la investigación científica. Como consecuencia, poco a poco los hombres de ciencia fueron constituyéndose en una piedra en el zapato para los jerarcas de las iglesias “revelacionistas”.

 

En el siglo XVII el italiano Galileo Galilei fue declarado hereje por enseñar que la Tierra giraba alrededor del Sol. En 1859 apareció el libro 'El origen de las especies', del inglés Charles Darwin, convirtiéndose en una poderosa carga a profundidad que puso a tambalear lo registrado en uno de los libros sagrados: el Génesis. Explicable que en 1907 el papa Pío X incluyera a aquel en el Índice de escritos prohibidos.

Desde entonces el “creacionismo” quedó enfrentado al “evolucionismo”, a punto tal que en algunos países llegó a prohibirse enseñar en establecimientos confesionales la teoría de la evolución. Dicha prohibición quedó sin piso a principios del siglo XXI con la lectura del genoma humano, al demostrarse que el 98 % de los genes humanos los poseen algunos primates, como el chimpancé. Dado que el creacionismo está íntimamente ligado a la existencia de Dios, la discusión científica adquirió también características de controversia religiosa o teologal, en la que han terciado quienes piensan que es posible hermanar la ciencia con la fe, como el jesuita Teilhard de Chardin (El fenómeno humano), por lo que sus escritos fueron prohibidos durante algún tiempo.